Esa sensación de ver que has vivido la vida de otro, el gélido reconocimiento de que tu supuesto progreso era solo una forma más sofisticada de sonambulismo.
El despertar espiritual no es la iluminación
dichosa que te prometieron, sino una serie de muertes. Siete muertes
particulares que deben ocurrir mientras aún respiras, mientras finges ser la
persona que todos creen que eres. La mayoría, al vislumbrar estas muertes,
regresa corriendo a su hermoso y familiar sufrimiento, pues a veces el infierno
es más cómodo que el cielo. Veamos brevemente esas puertas que aterrorizan al
buscador:
1. La muerte del compañerismo espiritual. Es la
soledad más absoluta. Tras experimentar un atisbo de lo real, intentas
compartirlo y descubres que tus seres queridos no pueden seguirte. No por falta
de inteligencia, sino porque el despertar es intransferible. Cuanto más
despiertas, más solo te sientes en un mundo de sonámbulos. Pero esta soledad es
una función del sistema para deshabituarte de la validación externa. El portal
te obliga a descubrir que eres tu mejor compañía al reconocer que la consciencia
que mira a través de tus ojos es la misma que mira a través de los ojos de los demás.
2. La muerte del significado. La mayoría busca en
la espiritualidad una mejora de su propósito vital. Sin embargo, el despertar
revela que al universo no le importa tu plan de vida. Todo lo que creías que
importaba —ayudar a otros, salvar el mundo, incluso iluminarte— se revela como
un juego para evitar la verdad: nada importa del modo en que pensabas. Al dejar
de exigir que la existencia se justifique, descubres la creatividad pura y sin
propósito. No estás aquí para cumplir una misión cósmica, sino porque la consciencia
disfruta experimentándose a través de ti.
3. La muerte del "yo". Descubres que la
persona que crees ser no existe. No es una disolución temporal, sino el
reconocimiento irreversible de que nunca hubo nadie ahí. Tu "yo" era
solo una colección de memorias y preferencias, un guardaespaldas imaginario con
un currículum muy convincente. Al cesar la huida de esta muerte, la vida se
vuelve infinitamente más sencilla: las decisiones se toman solas y las acciones
surgen con naturalidad. No necesitas un ego para ser consciente, del mismo modo
que una ola no posee la humedad, sino que es la humedad misma.
4. El portal de la responsabilidad infinita. Eres
absolutamente responsable de cada una de tus experiencias. No significa que
hayas causado conscientemente cada tragedia, sino que eres el espacio
consciente en el que surge toda experiencia. El terror nace al comprender que
tu sufrimiento ha sido algo que te has hecho a ti mismo al ser el espacio que
lo permite. Al abandonar el papel de víctima, recuperas tu poder: si eres el
espacio donde ocurre la experiencia, también lo eres para la transformación. La
paz no se encuentra fuera, sino que es tu propia naturaleza.
5. El portal de la indiferencia divina. El universo
es completamente indiferente a tus preferencias personales. La espiritualidad
no es un servicio de atención al cliente que premia el buen comportamiento. La consciencia
ilumina por igual el éxito y el fracaso, la alegría y el dolor. El universo no
es moral ni inmoral, es amoral. Al dejar de necesitar que el universo favorezca
tus deseos, hallas una paz que no depende de las circunstancias. La
indiferencia del universo es la igualdad definitiva: lo ama todo al no amar
nada en particular.
6. La muerte del logro espiritual. Se destruye la
fantasía de que la espiritualidad es una escalera hacia un destino final. Cada
destello de verdad revela cuánto te queda por ver. La sabiduría profunda nace
de admitir lo poco que sabes, abrazando la "mente de principiante".
En el momento en que crees haber dominado la presencia, te pierdes en una
historia sobre la maestría. Los seres más liberados son eternos aprendices que
se asoman a cada instante con el asombro de quien ve un amanecer por primera
vez.
7. La liberación de la lucha interna. Tu libertad
depende de hacer las paces con todo lo que has intentado evitar o eliminar. Lo
que resistes no solo persiste, sino que gobierna tu vida desde las sombras. Tu
ansiedad, tu ira o tu tristeza, no son errores que deban repararse, sino partes
de la sinfonía humana que intentas silenciar. La liberación no llega intentando
amar lo que odias, sino reconociendo que la consciencia que observa ese odio ya
lo está aceptando plenamente. La paz que buscas es aquella que incluye también tu
deseo de que la paz excluya ciertas cosas.

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