Se dice que el despertar es una especie de peregrinaje, una distancia que el alma debe recorrer con fatiga. Nada más alejado de la realidad. No hay lugar al que dirigirse, pues uno ya se encuentra en aquello que persigue.
La mente,
en su afán narrativo, crea un yo espiritual que progresa, que se depura pero
ese yo es precisamente el velo que empaña el cristal. El despertar no es un
destino, sino el colapso de la creencia de que alguna vez hubo un camino que recorrer.
Esperamos con impaciencia un estallido de luces, un éxtasis místico o una unión
cósmica. Sin embargo, este tipo de fenómenos no son sino accidentes en el
teatro de la conciencia. Lo que aparece y desaparece no puede ser la Verdad.
Somos el lienzo, no el óleo; la pantalla, no la película. El despertar es la
conciencia inmutable en la que surgen y se desvanecen tanto el dolor como la felicidad.
Es un reconocimiento tan sutil y cotidiano que el buscador, cegado por la
grandilocuencia, suele pasarlo por alto.
Se nos ha
hecho creer que el despertar nos transformará en versiones angélicas de
nosotros mismos. Craso error. El despertar no es una mejora del yo, sino el
reconocimiento de que ese yo no necesita mejorar nada. No se trata de pulir la
estatua, sino de comprender que la piedra es una ilusión. La verdadera libertad
no significa ser mejores, sino el cese de la resistencia a lo que es, permitiendo que la totalidad se exprese sin el lastre de
una identidad que tengamos que proteger.
La mente
es una experta en el arte de la dilación: despertaré tras este retiro, cuando
sane mis heridas o en la próxima vida, y esta es la mayor de las trampas. La
espera es una construcción del pensamiento que solo ocurre en el ahora. Qué hay
en este preciso instante que haga imposible la felicidad?? La consciencia que
contempla estas palabras no necesita tiempo para ser consciencia porque ya es
íntegra, ya es vasta, ya es eterna.
Deseamos recibir
un sello final, una rúbrica que nos asegure que ya estamos iluminados. Pero,
¿quién recibiría ese diploma tan anhelado?? Si el sujeto separado se disuelve
en el despertar, no queda nadie para reclamar el triunfo. El despertar es una
relajación absoluta, un abandono de la necesidad de ser alguien especial. Es
habitar en ese no saber que no es ignorancia, sino la transparencia misma del
ser.
Las
palabras solo sirven para señalar hacia el silencio que las sostiene. Tú no eres
una persona que un día despertará, sino que eres la luz en la que esa persona
aparece. Descansa en esta evidencia, pues el silencio entre estas frases dice
más que la elocuencia de cualquier discurso. Que estas palabras sean para ti, no
un puerto de llegada, sino un umbral que cruzar.

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