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viernes, 25 de septiembre de 2015

EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL ÁNGEL DE LOS RENACIMIENTOS (Cuento)

En una noche de Enero, iluminada solamente por un tenue rayo de Luna creciente y de algunas pálidas estrellas, el Ángel de la Muerte y el Ángel de los Renacimientos se encontraron en una gran aldea donde su misión les llamaba. 

Las calles estaban desiertas, el silencio era profundo y las casas cubiertas de una capa de nieve; también dormía la fuente de la plaza, pues el agua pura de murmullo argentino, se había transformado en estalactitas de hielo. Los ángeles se pararon en una grada de la fuente frente dos casas contiguas, en las que algunas ventanas estaban iluminadas. Sacudieron la nieve de sus grandes alas y se sentaron uno junto al otro con la satisfacción de dos compañeros de labor que descansan un momento. El Ángel de la Muerte estaba tranquilo y meditabundo. Su hermosa cara marmórea, con sus dulces ojos, estaba orlada de espesos y obscuros bucles. Su aspecto tenía algo de misterioso y augusto.

El Ángel de los Renacimientos era esbelto y vigoroso, su cara redonda estaba iluminada por una mirada viva y escrutadora; toda su actitud delataba una intensa actividad.

-Hermano-dijo dirigiéndose al Ángel de la Muerte-no es raro que nuestro ministerio nos conduzca a los dos a un mismo sitio; tú a buscar un alma, y yo a buscar otra. Pero es raro que los dos equivoquemos la hora, pues esta noche llego algo temprano. . .

-A mí-respondió melancólicamente el Ángel de la Muerte-no me sucede lo mismo. He llegado mucho antes que el reloj diera las doce; el que venía a buscar, permanecía suspendido sobre su techo, mirando sin comprender, el cadáver que acababa de abandonar. Al ir a llevármelo, rompiendo la última ligadura que a su cadáver unía, oí una explosión de dolor. El médico acababa de comprobar que el corazón acababa de latir, y los miembros de la familia, rodeándole, le suplicaban que volviera la vida a su querido difunto. He aquí que entonces tuvo lugar una escena que he presenciado más de una vez. El médico sacó de su bolsillo una redoma de cristal, y adaptando a ella un pequeño instrumento, dio una inyección al cuerpo abandonado. El efecto fue instantáneo. Como un relámpago fue arrancado de mis brazos el pobre hombre lanzado de nuevo en aquel cuerpo corrompido y envenenado por la enfermedad. Y le vi. despertar, contraído el rostro por un gran sufrimiento, gimiendo penosamente, mientras que a su alrededor se producía una expansión de alegría y reconocimiento. Me he visto obligado a marcharme; el desgraciado sufrirá algunas horas más, pues su destino debe cumplirse antes de que la aurora ilumine la nieve de las cercanías. Su familia sabía que no tenía salvación, pues la ciencia de los hombres y la ciencia más elevada lo consideraban así. Pero ellos han preferido conservarlo algunas horas más prolongando su tortura.

-Los hombres son crueles-dijo el Ángel de los Renacimientos, moviendo la cabeza.

-No, Hermano, son ignorantes e inconsecuentes. Me temen, tienen miedo a esta otra vida que no conocen. Cuantas veces he sido invocado, llamado a gritos por los desesperados; pero apenas aparezco, se tapan los ojos con un gesto de terror y me suplican que les deje tranquilos… como si dejar este mundo físico fuese poner término a su existencia.

-Ah! qué insensatos son los hombres, Hermano mío. En su infancia, en el regazo de su madre, aprenden que su alma es inmortal, se les enseña diariamente en sus iglesias, más obran como si nada supieran.

Pierden, en apariencia, un miembro de su familia, un amigo. ., todo es sollozar, sentimientos, despedidas, como si jamás no hubiesen de volverse a ver. Se visten de negro y se reúnen con fúnebres semblantes. Me consideran como el enemigo de la raza humana, yo soy un bienhechor… pues yo cierro los ojos que vierten lágrimas amargas; yo pongo el sello de la suprema belleza en los rostros contraídos; yo libro de una morada camal, ajada por la enfermedad o la vejez a un alma que aspira a una nueva vida; yo reúno a los que se habían perdido de vista. ¡Oh, qué júbilo el verse de nuevo en el más allá…! ¡La alegría del recibimiento hecho a los que penetran en otra esfera, que se abre a una vida más intensa!… ¡Oh el regocijo de las ilusiones mecidas por sublimes armonías!

¡Pobres ignorantes! Ellos, que más que nada temen el sufrimiento, ¿por qué temen tanto este paso que conduce a una vida mejor?.. pues tras un corto intervalo en el valle de las sombras y de la purificación, sus seres queridos estarán por mucho tiempo en la mansión de la paz y la beatitud. El Ángel de la Muerte calló con un suspiro.

-Tu conclusión, Hermano, es la siguiente-dijo el Ángel de los renacimientos, tomando la palabra-: que los hombres lloran cuando deberían regocijarse. Y yo añado: “y se regocijan cuando deberían llorar”.

-Tú me hablas de los que se afligen, procurando retener cerca de sí el alma libertada, sin pensar que prolongan su tortura. Tú hablas de los que te invocan, y cuando escuchas sus ruegos se asustan y rehúsan seguirte. Más ¿qué piensas de los que celebran alegremente la venida de un alma entre ellos, que la acogen llenos de esperanza, con sueños de gloria o de belleza? La vuelta a la vida terrestre, sin embargo, podría ser origen de preocupaciones dolorosas, pues los hombres ignoran los misterios que el porvenir les reserva. .. la lucha febril que destroza el cuerpo y el alma, el peso que a veces aplasta a los hombres, las crueles decepciones, el dolor de las separaciones, el incesante tormento que causa la vana persecución de la dicha humana, frágil felicidad; felicidad engañosa como un espejismo… El hombre sufre de la cuna a la tumba, maldice la vida y, sin embargo se aferra a ella desesperadamente.

Entonces el Ángel de los Renacimientos, separando un pliegue de su vestido mostró al Ángel de la Muerte un desdichado ser adormecido con el sueño PRE-natal.

-Mira esta pequeña alma, Hermano, un alma joven en verdad, que lleva consigo todos los gérmenes del vicio, todos los instintos de pasión. La ley de justicia inmanente, por la cual el hombre cosecha lo que ha sembrado, va a hacerla renacer en este medio honrado. Los que van a ser sus padres, en un pasado lejano pecaron gravemente contra él y contra la ley de la fraternidad. He aquí llegada la hora de la retribución. Esta pequeña alma va a llevar bajo ese techo la desunión y la discordia, hará verter lágrimas a mares, destrozará los amantes corazones, y puede ser que deje tras sí las huellas sangrientas de un Crimen.

He aquí cómo podrían llorar los que meciéndose en los sueños de oro de tiernas ilusiones, han preparado amorosamente la frágil cuna que abrigará a su hijo. ¡Qué desgracia la de los humanos! Sólo ven las apariencias y no la realidad; sólo se apegan a las ilusiones del mundo perecedero y no lo que se oculta detrás de las ilusiones; ven sin mirar, oyen sin escuchar, andan a tientas sin hallar su camino… Y no obstante, la gran luz está allí, envolviéndolos… armonías celestes se levantan a su alrededor, más son inconscientes de la brillante luz, así como del glorioso canto de la VIDA que no comprenden. -Hermano-dijo el Ángel de la Muerte con tranquila sonrisa-son más dignos de compasión que de censura. Sólo merecen indulgencia y compasión.

En este momento el reloj de la aldea dio cuatro campanadas.

-Ha llegado la hora de cumplir nuestra misión-dijo el Ángel de los renacimientos, levantándose lentamente.

-Hermano, ¿nos separamos afectados por una impresión tan-triste?

-No, por cierto-añadió el Ángel de la Muerte levantándose lentamente y batiendo sus grandes alas. No; pues una gloriosa esperanza ilumina el porvenir…

-Vendrá un tiempo, lejano, remoto, en que una nueva era aparecerá, y mi ministerio no se cumplirá ya con esfuerzo y entre gemidos y lágrimas; vendrá un tiempo en que los ¡hosanna! Acogerán mi entrada en las casas; en que no seré ya considerado como “el rey del terror”, sino como un amigo, el supremo libertador; en que los grandes y pequeños me tenderán los brazos sonriendo. -Pues en esta nueva era-dijo a su vez el Ángel de los Renacimientos con vibrante voz- en esta nueva era, gracias al conocimiento adquirido, gracias a su desarrollo interior, el hombre leerá en sus vidas anteriores como en un libro abierto; por el poder de su pensamiento y por la pureza de su amor, podrá reparar las faltas cometidas en el pasado contra su prójimo y no atraerá hacia sí sino seres purificados, amantes y armónicos.

-Adiós, Hermano, ya es hora de que nos separemos. Se tú el libertador, como yo seré el justiciero.

Los ángeles emprendieron su vuelo.

Algunos instantes después el silencio de la aldea fue turbado por los gritos y gemidos que partían de una ventana entreabierta... en tanto que el Ángel de la Muerte se elevaba por los aires llevando consigo el alma liberada y en la casa contigua, una joven madre, meciendo un recién nacido entre sus brazos, decía sonriente a su esposo tiernamente inclinado sobre ella: “¡Mira qué hermoso es nuestro hijo”! ¿ Verdad que se parece al niño Jesús?”


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